La fortuna y desgracia del pulpo

copyright: Ruben OrozcoMe encantan las nalgas.

Bueno, creo que esa declaración, aunque categórica, no tiene nada de original. Pero eso no obsta para que no vuelva a repetir esa afirmación: me encantan las nalgas. ¿Quién no ha disfrutado la imagen que su compañera sexual (nótese la corrección política) ofrece cuando está en posición de cazadora de ácaros? (O, para mayor comprensión de mentes poco imaginativas, verla de chivito mirando al precipicio, pollito comiendo su maíz, de a Pino Suárez mirando al Zócalo, de cañón, pues, para que me entiendan las almas más soeces. Es decir, en esa posición que hasta el mismo Ovidio recomienda en su manual de las relaciones humanas a las mujeres de rasgos poco agraciados para que consigan seducir a su amado.)

¿Quién no ha disfrutado de esos magníficos orbes que, sin ser celestiales, alegran cualquier mañana, tarde o noche más que cualquier amanecer, atardecer o luna llena?

Pero basta de digresiones cursilentas que, cuando ocurren en la soledad, sólo conducen a un inefable onanismo mental y físico. Dejaré esta introducción de ambigüedad explícita y continuaré con la idea central: Decía, pues, me encantan las nalgas. Y en ellas (en las nalgas, no en las dueñas de las nalgas, en este exclusivo caso, ya que por lo regular es el ser completo el que acapara el pensamiento y no sólo una de sus partes) estaba pensando una tarde en que salió esa primera estrella de la noche que tiene la curiosa pero al parecer infalible costumbre de conceder un deseo.

Y, debido esas trampas del razón que no son sino absurdos explicados por la lógica, me encontré imaginando que era un pulpo. Sí, un molusco cefalópodo con ocho extremidades. Es decir, un ente que pudiera disfrutar de la misma capacidad que tenía en ese momento para acariciar unas nalgas, pero elevado al cubo. (En efecto, 23 =8) ¿Cómo llegué a esa conclusión? No es muy difícil de explicar. Sólo multipliqué dos por dos por dos. En cuanto a cómo concluí que sería maravilloso ser pulpo, me temo que la explicación es más compleja, y en realidad mi sinapsis neuronal no me permite en estos momentos ahondar en esa explicación. Esto se debe a que como hombre, tengo la gran desventaja de poder hacer sólo una cosa a la vez. En efecto, las mujeres pueden escribir en la computadora, estar pendientes de la televisión, vigilar su café en la estufa, contestar el teléfono y llenar un crucigrama, mientras que nosotros sólo tenemos la certeza de que, si nos concentramos en una de esas actividades, seguro se nos olvidarán todas las demás. Y este es un ejemplo claro, por estar pensando en otra cosa que no eran las nalgas, perdí el hilo conductor de este relato, así que recapitulo: estaba frente a la primera estrella de la noche deseando ser pulpo para disfrutar de la circunferencia de unas nalgas a ocho manos. Así, tal cual. Y tal vez las cosas no hubieran pasado a mayores, si en ese momento mi vecina no hubiera llegado a su casa en ese momento. Sus espléndidas nalgas de antología, distrajeron mi mente, pero solo un instante, porque de inmediato empecé a divagar de unas nalgas a otras, texturas, formas, curvas y vericuetos se sucedieron uno tras otro dentro de mi cabeza, hasta que al final sólo quedó una obtusa idea: Quiero ser pulpo. Y después vino el error fatídico: dije en voz alta: Desearía ser pulpo.

Y la verdad es que en esas circunstancias no podía dirigirme a mucha gente, en primer lugar, porque estaba solo, y en segundo lugar, porque estaba absorto, por lo que ni yo mismo me escuchaba. Así que me imagino que la primera estrella de la noche consideró que mis palabras estaban dirigidas a ella y me concedió el deseo.

Y heme aquí, flotando en la inmensidad del mar, con ocho extremidades capaces de asir las nalgas más perfectas; y con un sentido del tacto altamente desarrollado, incluso en la boca, lo que me parece más atractivo de esta metamorfosis.

Pero de verdad que cuando a uno lo abandona la razón, lo hace en serio, o dicho en palabras más contundentes: cuando uno es pendejo, es pendejo. Lo que debí desear era sentir unas nalgas a ocho manos.

La estrella hizo mi deseo realidad, tengo ocho apéndices corporales para disfrutar de unos hermosos y redondos glúteos a cuatro pares de manos, pero para mi desgracia, las pulpas no tienen nalgas.